"Tengo 40 años y me diagnosticaron autismo", ¿por qué hay 'boom' de diagnósticos?
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“Tengo 40 años y me diagnosticaron autismo”, ¿por qué hay ‘boom’ de diagnósticos?

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Durante décadas, el autismo se asoció casi exclusivamente a la infancia y a cuadros muy evidentes, lo que dejó fuera a generaciones enteras de personas que crecieron sintiéndose “raras” sin poner nombre a esa diferencia. Hoy, cada vez más adultos llegan a la consulta con una frase que se repite: tengo 40 años y acabo de descubrir que soy autista, un fenómeno que muchos perciben como boom de diagnósticos, pero que los especialistas interpretan más como una corrección histórica que como una moda

Los datos respaldan este cambio de mirada. Un estudio publicado en la revista JAMA muestra que la tasa de diagnósticos de autismo en Estados Unidos creció un 175 por ciento entre 2011 y 2022, con un aumento del 450 por ciento entre los 26 y 34 años, lo que indica que la franja adulta joven concentra buena parte de los nuevos casos que antes pasaban inadvertidos. Investigaciones en Reino Unido apuntan que alrededor del 90 por ciento de las personas autistas mayores de 40 años siguen sin diagnóstico, lo que sugiere que el aumento actual no implica más autismo, sino más detección y acceso a evaluaciones especializadas.

Los expertos señalan varios motivos detrás de este repunte. Por un lado, se han afinado los criterios diagnósticos y se ha ampliado la definición del espectro, de modo que perfiles que antes se etiquetaban como trastornos de conducta, ansiedad social o rasgos de personalidad ahora se reconocen como autismo, especialmente en los niveles considerados leves o de alto funcionamiento. Por otro, crece la conciencia social: hablar de neurodivergencia se ha vuelto más habitual en medios y redes, muchas personas se reconocen en testimonios de otros adultos y acuden por primera vez a un profesional, a veces después de que un hijo o una hija reciba diagnóstico y abra la puerta a revisitar la propia historia familiar.

El diagnóstico en la adultez, sin embargo, no es sencillo. Quienes llegan a los 40 suelen haber desarrollado sofisticadas estrategias de camuflaje para encajar, desde ensayar conversaciones hasta copiar códigos sociales, lo que puede dificultar la evaluación si el profesional no está entrenado en autismo en adultos. En el caso de las mujeres, diversos estudios describen retrasos aún mayores y más probabilidades de haber recibido diagnósticos previos erróneos, en parte por sesgos de género y por una forma distinta de expresar el autismo, más orientada a la observación y al esfuerzo consciente por parecer “neurotípicas”

Más allá de las cifras, recibir por fin una respuesta a los 40 años suele vivirse como una mezcla de alivio y duelo: alivia poder explicar una trayectoria marcada por el cansancio social, la hipersensibilidad o la rigidez con la rutina, pero también duele pensar en oportunidades perdidas por no haber contado antes con apoyos adecuados. Los especialistas coinciden en que, si los diagnósticos siguen aumentando, no será porque haya una epidemia de autismo, sino porque la sociedad empieza a mirar mejor lo que siempre estuvo ahí, y porque muchas personas adultas, por primera vez, se atreven a hacerse la pregunta que cambia su narrativa vital: y si siempre fui autista y nadie lo vio.

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