Jesús Alba, catedrático de la Universidad Politécnica de Valencia, advierte que el ruido es un contaminante reconocido por la OMS que afecta especialmente a niños, adultos mayores y personas con patologías del sistema nervioso.
El agresor invisible de la salud pública
Alba sostiene que no existe una cultura de protección frente al ruido, lo que lo convierte en lo que él denomina el “agresor invisible” de la salud. Señaló que, aunque las personas puedan acostumbrarse a niveles altos de ruido, el cuerpo sigue percibiendo la agresión de esa energía acústica. Indicó que los colectivos más vulnerables —niños, personas mayores y quienes padecen alguna patología— son los que resienten con mayor fuerza sus efectos.
El catedrático precisó que la Organización Mundial de la Salud registra el ruido como contaminante desde los años 80 y estableció una escala de decibelios según el momento y el lugar. Según esa escala, para dormir no se debería superar los 30 dB. A partir de 55 dB comienzan las molestias, y con 65 dB ya resulta difícil mantener una conversación.
80 dB: un umbral de peligro real
Alba advirtió que 80 dB ya representan un valor peligroso para la salud. Detalló que en un puesto de trabajo con ese nivel de ruido es obligatorio tomar medidas, y que con 85 dB deben usarse protectores auditivos. Sin embargo, hay carreteras cercanas a centros educativos que generan precisamente ese nivel de ruido.
Respecto al impacto en niños, el experto explicó que los centros educativos ubicados cerca de grandes carreteras, con tránsito de transporte pesado o aeropuertos, registran niveles muy altos en los mapas de ruido. Agregó que esa exposición coincide con estudios que muestran retrasos en el aprendizaje de la lectura y problemas de comportamiento, porque el cuerpo del niño permanece en estado de alerta constante.
Reducir velocidad y cambiar el asfalto, entre las soluciones
El catedrático defendió que lo ideal sería ubicar los colegios en zonas protegidas del ruido, pero donde eso no sea posible, propuso reducir la velocidad del tráfico de 50 a 30 km/h cerca de centros escolares, una medida que ya existe a nivel mundial. También señaló las barreras de vegetación como una opción que reduce el impacto acústico sobre el pavimento.
Asimismo, mencionó el cambio de tipo de asfalto como una tendencia que gana terreno en otras ciudades para minimizar el ruido generado por el rodado de vehículos. Precisó que, aunque los vehículos eléctricos no producen ruido mecánico, el asfalto por el que circulan sigue generándolo. Añadió que el reasfaltado periódico de carreteras es necesario para mantener las condiciones acústicas del pavimento con el tiempo.
La denuncia del ruido de carretera, una deuda pendiente
Alba identificó como un obstáculo central la dificultad de los ciudadanos para saber a quién reclamar frente al ruido del tráfico o los aeropuertos. Explicó que, a diferencia del ruido de ocio —donde el origen es claro y hay ejemplos como las Zonas Acústicamente Saturadas o los festivales de música—, denunciar el ruido de una carretera o del transporte pesado resulta muy difícil.
El experto reconoció que en algunas ciudades, tras denuncias, se ha reforzado el aislamiento acústico en viviendas cercanas a aeropuertos o se han instalado pantallas acústicas junto a vías de tren de alta velocidad. Sin embargo, advirtió que en carreteras “el problema sigue y no le damos mucha importancia”, pese a que estas son la principal fuente del ruido ambiental. Instó a las asociaciones de padres y madres a poner el tema sobre la mesa, dado que “la sociedad actual no está concienciada en ese concepto aunque sea un problema que afecta la salud y sobre todo la de nuestros hijos”.





